Cumplir 31 años

Raúl Jiménez

3/17/20264 min read

El siguiente texto lo escribo días antes de cumplir 31 años, y quiero aprovechar este momento para hacer una reflexión sobre mi óptica de cómo hoy veo la vida, lo que ha sido el sacrificio —no mío— sino de quienes están detrás: mis padres, mi familia, mis amigos, y lo que ha significado empezar a vivir solo desde los 18 años.

Hoy, a escasos días de cumplir 31, me encuentro exactamente a mil kilómetros de lo que es mi casa. Al día de hoy no he podido entender al cien por ciento cómo es que estoy viviendo tan lejos, con el familiar más cercano a unos seiscientos kilómetros de distancia. Hace algunos años era un capricho disfrazado de sueño, pero sin darme cuenta este hecho me ha marcado. He aprendido y moldeado mi manera de pensar a un grado que estoy seguro no hubiera alcanzado estando en casa. Y después de 13 años, lo que más resuena en mi mente es la familia.

Sin ninguna duda no estaría en este momento si no fuera por ellos. Hoy entiendo el sacrificio y el carácter que tuvieron que tener para que yo pudiera estar aquí.

Recuerdo el día que llegué. Una mochila, una maleta y una bolsa negra en la cual cargaba lo que sigue siendo hoy la cobija con la cual me cubro en los días más fríos. Al entrar por primera vez a mi cuarto recuerdo perfectamente la sensación: una sensación de vacío y soledad, porque era todo lo que había. Un espacio de 3.5 por 3.5 y solamente la cama.

¿Qué era lo que me motivaba? Una espina incómoda dentro de mí que quería probarse a uno mismo que se podía, que llegar lejos era posible.

Sin embargo, después de eso empezaron dos de las cosas más difíciles de ese momento: la pandemia y el famoso golpe de realidad. Competir con muchas personas que están igual o mejor preparadas para un puesto de trabajo y ser foráneo complica aún más las cosas, porque en el mundo —fuera de la burbuja— para bien o para mal de algunos, sí influye a quién conoces.

Estuve ocho meses desempleado, en plena pandemia y con la incertidumbre constante de saber si el virus podía afectar directamente a mi familia.

En esos ocho meses aprendí que el tiempo no puede ser desperdiciado y que hay que aprovechar cada ventana para desarrollarse y aprender algo nuevo. Recuerdo los días de 7 de la mañana a 8 de la noche, tomando cursos que en mi mente eran necesarios para obtener el empleo, enviando solicitudes todos los días y sin respuesta. Hacer ejercicio dentro del cuarto y comer estirando los centavos al máximo.

¿Qué fue lo que me mantuvo motivado? Escuchar y mirar videos de personas que estuvieron en una situación similar y saber que esto iba a ser momentáneo.

Recuerdo que en el mes siete acepté como una antesala al fracaso que el mes ocho sería el último. Si no sucedía nada, regresaría a casa. Sin embargo, a dos semanas de terminar ese mes lo encontré. Fui aceptado gracias a un curso que había tomado durante ese tiempo.

El segundo golpe de realidad llega cuando crees que al obtener un empleo todo cambia. Pero empiezas a ver cómo el salario no alcanza y cómo llegas a final de mes ajustado entre renta, comida y transporte. En ese momento entiendes todo lo que conlleva tener una vida fuera.

Y como un flashback a la memoria, empiezas a entender el verdadero valor del dinero y, más importante aún, el valor que hay detrás de él.

Cien pesos que me daban mis padres eran cien más para mí y cien menos para ellos.

Es increíble todo lo que se aprende cuando se entiende el valor de dar.

El tercer golpe de realidad, y quizá el más importante de todos, es entender que somos humanos, que somos mortales, que hoy podemos estar, pero mañana no sabemos.

Durante este tiempo fuera de casa viví el luto de no volver a ver a alguien porque su vida había terminado. Recibir la noticia y no poder estar presente fue, sin duda, complicado. Después de eso, la logística para moverse, poner en pausa todo y regresar, no es sencilla.

Con esto aprendí a valorar a las personas, los momentos y disfrutarlos, porque no sabemos cuándo puede ser el último. Muchas veces ya sucedió: la última vez que vimos a alguien… y aún no lo sabemos.

También aprendí algo más sobre el tiempo. Cuando eres niño ves a todos iguales y sientes que tú eres el único que está creciendo. Te haces más alto, el cuerpo cambia, la voz se vuelve más grave y puedes ver a los adultos cada vez más de frente. Es un pensamiento interesante, inocente.

Pero todo cambia cuando dejas de verlos por mucho tiempo y el recuerdo que tienes de ellos ya no es igual a la persona que vuelve a aparecer frente a ti. En ese momento entiendes la famosa frase: “ya se están haciendo grandes.”

Antes vivía pensando en el fin de semana o planeando el siguiente viaje. Hoy, antes de que empiece el siguiente año, ya sé cuántas veces voy a hacer lo posible por ver a mis amigos, a mis padres y a mis abuelos, porque si existe la oportunidad, hay que hacerlo.

Estas son apenas las puntas del iceberg de lo que me ha tocado vivir. Detrás de cada golpe de realidad hubo cosas mucho más profundas: cuestionamientos, emociones, frustraciones, enojos y reproches que hoy no es necesario mencionar.

Lo que sí me gustaría compartir es algo sencillo: toma una fotografía de la persona que internamente te mueve. Imprímela, colócala en un marco y ponla en tu recámara o en tu escritorio. Te aseguro que cuando la veas sentirás un empuje y una conexión con ellos.

Finalmente quiero concluir con esto:

Somos mortales.
Somos fugaces.
Somos imperfectos.
Somos humanos.

Y de nosotros depende cada decisión que tomemos.

Seamos conscientes de que una mala decisión puede cambiar el rumbo de muchas cosas. El tiempo pasa, los allegados envejecen y uno nunca sabe cuándo puede ser la última vez.

Trabajen duro.
Sonrían.
Tomen fotos.
Y disfruten los momentos que les está tocando vivir.
Porque no todos tienen ese privilegio.

Pd: Disfrute mucho mi día, hice una carne asada, comí mi pastel y la pase muy tranquilo.
Saludos a todos los que se tomaron la molestia

Raúl JH.