El anillo de Giges
Raúl Jiménez
8/26/20263 min read


En todos estos años, la gran cantidad de personas que conocemos y su diferente manera de pensar han marcado cierta parte de nuestra vida. Y en tres momentos importantes, tres personas distintas me dijeron exactamente lo mismo: "ser bueno no siempre es lo correcto".
La primera vez que lo escuché, respondí que no — que ser bueno siempre es lo correcto. La segunda vez, algo había cambiado y respondí que sí — que quizás tenían razón. La tercera vez simplemente dije que no sabía. Y esa respuesta, la del no sé, fue la más honesta de las tres, pero también la más incómoda, porque significaba que en algún momento había dejado de tener certeza sobre algo que antes me parecía evidente.
Fui buscando una respuesta más sólida y encontré el mito de Giges y la conversación entre Glaucón y Sócrates en La República de Platón. Y lo que encontré no fue exactamente una respuesta — fue una pregunta todavía más difícil.
La historia dice. Giges es un pastor que encuentra un anillo con la capacidad de volver invisible a quien lo lleva. Al descubrir que puede actuar sin ser visto ni descubierto, entra al palacio, seduce a la reina, asesina al rey y se apodera del trono.
Hasta ahí, una historia de poder, pero Glaucón va más lejos.
Le pregunta a Sócrates qué pasaría si ese mismo anillo se lo dieran a un hombre justo. Y su conclusión es incómoda: ambos terminarían haciendo lo mismo. Porque si desaparecen las consecuencias, el castigo y la mirada de los demás, la justicia dejaría de tener utilidad.
Entonces aparece una pregunta más compleja: ¿somos justos porque queremos serlo o porque tenemos miedo de las consecuencias de no serlo?
Glaucón lleva el argumento hasta el extremo. Imagina dos hombres opuestos. El primero comete las peores injusticias, pero es tan hábil que todos lo consideran virtuoso — tiene riqueza, poder y reconocimiento, y muere siendo considerado un hombre bueno. El segundo es verdaderamente justo, pero no se preocupa por parecerlo — la sociedad lo considera malvado, es castigado y finalmente ejecutado.
Si observamos únicamente las apariencias, ¿quién tiene una vida mejor?
Esa es la complejidad, y es exactamente ahí donde Sócrates responde con algo que cambia el argumento por completo.
Para Platón, el alma humana tiene tres partes: la razón, que debe gobernar; el espíritu, que colabora con ella; y los deseos, que deben obedecer. Una persona justa no es la que actúa bien cuando alguien la observa — es aquella en la que existe un orden interior, la razón gobierna, los deseos obedecen.
Y la injusticia, entonces, no es simplemente una mala decisión. Es una descomposición de ese orden.
Por eso el injusto perfecto — el que tiene todo — termina siendo paradójicamente el menos libre. Está dominado por sus deseos, necesita constantemente más, desconfía de quienes lo rodean y teme perder lo que tiene. Tiene poder sobre los demás, pero no tiene dominio sobre sí mismo.
Para Platón, una vida verdaderamente buena no depende de cómo nos ven los demás, sino del estado en que se encuentra nuestra propia alma. El hombre justo puede ser castigado, rechazado o ejecutado y aun así poseer algo que el injusto perfecto no tiene: un alma ordenada.
Ahora, con la cantidad de información y opciones que hay hoy en día, cualquier cosa — en cualquier ámbito — debería comenzar por una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿esto realmente está en orden conmigo?". El camino puede estar en casa, fuera de casa, en el trabajo, en la escuela o en una caminata larga. Pero si lo que verdaderamente nos interesa es el orden interior, hay que recordar algo simple: para que un árbol crezca hay que regarlo con el agua suficiente, incluso en los días en los cuales no sabes, en los días en que estas seguro, y en los días difíciles.
¿Somos buenos porque realmente queremos ser buenos, o porque tenemos miedo de las consecuencias de ser malos?
Raúl JH.
Raúl Jiménez
Creador y fundador de la marca Fortaleza crafted, apoyando a marcas en la difusión e información de su origen y productos comerciales.
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