Joel Huiqui

Raúl Jiménez

5/26/20264 min read

Hay apellidos que cargan historia.

Huiqui, en lengua mayo, significa pájaro. Viene del pueblo Yoreme-Mayo, una comunidad indígena asentada desde tiempos antiguos entre Sonora y Sinaloa, que construyó su identidad alrededor de una sola idea: resistir. Los abuelos de Joel eran de Navojoa. Su familia migró al ejido de Ohuira, un manchón de tierra en el municipio de Ahome con poco más de dos mil habitantes, sin nombre en los mapas que importan y con toda la vida contenida en los que no aparecen.

Joel Adrián Huiqui Andrade nació en Los Mochis el 18 de febrero de 1983. Pero nació, de verdad, en ese ejido.

"Creció en un ambiente difícil, rodeado de fiesta y alcohol, y sabía que quedarse ahí limitaría sus oportunidades."

I. El que se va

Hay una decisión que muy poca gente toma a los catorce años con plena conciencia: irse. No escapar. Irse. Con la diferencia que existe entre huir de algo y caminar hacia algo que todavía no existe pero que uno intuye que debe existir.

Salir a esa edad no es valentía en abstracto. Es una lectura del entorno que pocos adultos harían con esa claridad. Joel vio lo que había alrededor y supo que ese paisaje no era el suyo. Se probó en Rayados. No quedó. Se probó en Santos. No quedó. El rechazo, a esa edad, tiene un peso particular: no es solo una puerta cerrada, es la confirmación provisional de que quizás uno no es suficiente. La diferencia entre los que siguen y los que no, suele estar en cómo se procesa ese "no".

Joel siguió. Llegó a Cruz Azul. Y el apellido del pájaro empezó a cobrar sentido.

II. El largo descanso

Tuvo carrera. Buena carrera. Defensa central en Cruz Azul, campeón con Pachuca en su debut profesional, convocado a la Selección Mexicana. Y también tuvo lo que el futbol reparte con generosidad: los golpes que no son físicos. Ser cortado de la Sub-23 antes de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. No llegar nunca a un Mundial. Y la "muertinha" —esa jugada donde fingió estar inconsciente para evitar un penal—, que lo persiguió el resto de su carrera como una sombra irónica: el zaguero que sobrevivió haciéndose el muerto.

En 2019 colgó los tachones. Y empezó otra vez desde abajo. Entrenador en Ciudad Juárez. Tercera división. Con lo que se paga en las terceras divisiones, con lo que se viaja en las terceras divisiones. El mundo del futbol es generoso para quien está arriba y tiene muy poca memoria para quien baja.

"Con lo que se paga en las terceras divisiones, no se le había podido abrir el mar." — David Medrano, periodista

III. La panadería

Aquí es donde la historia se vuelve difícil de inventar, porque la realidad tiene ese gusto por el detalle absurdo que ningún novelista se permitiría.

Un día, Joel viajó desde Ciudad Juárez a la Ciudad de México para visitar a su familia. Y fue a comprar pan. Una panadería de barrio. La clase de lugar donde no pasan cosas importantes, donde la gente compra conchas y bolillos y se va. Excepto que esa tarde estaba ahí Antonio Reynoso, vicepresidente de Cruz Azul.

"¿Qué andas haciendo, Huiqui?" —preguntó Reynoso.

"No, pues en la chamba. Estoy en Ciudad Juárez."

Reynoso lo invitó a sumarse al club. "Pero no te garantizo nada."

La respuesta de Joel fue la respuesta de alguien que ha aprendido a no esperar garantías: "Yo en lo que sea le entro."

Así volvió. Primero como asistente en la Sub-21. Luego la Sub-23. Luego el cuerpo técnico del primer equipo junto a Larcamón. Y cuando Larcamón salió, con el equipo en una racha de nueve partidos sin ganar, quedó él.

IV. El pájaro que vuela

Lo que Joel Huiqui hizo en siete partidos —siete— como director técnico interino del Cruz Azul es estadísticamente improbable. Tomó un equipo roto y lo llevó a la décima estrella de la institución. Eliminó al Atlas, a las Chivas, y en la final, de visita en Ciudad Universitaria, remontó un marcador adverso en el tiempo de compensación. Rotondi anotó el 2-1 y el apellido del pájaro terminó grabado en la historia del futbol mexicano.

Pero lo que más interesa no es el resultado. Es la arquitectura de la persona que lo consiguió.

Un chico de un ejido que nadie conoce. Un apellido indígena que significa resistencia en su propia etimología. Una salida a los catorce años. Dos rechazos antes del primero. Una carrera larga, una retirada silenciosa, años en la tercera división, y una conversación fortuita en una panadería de barrio que nadie habría filmado porque nada en ese momento parecía importante.

El destino, si existe, no anuncia su llegada. Aparece comprando pan.

Hay algo que vale la pena preguntarse: ¿cuántas veces en la vida uno está parado en esa panadería y no lo sabe? ¿Cuántas conversaciones cotidianas son, en retrospectiva, el momento donde algo empezó? La diferencia entre Joel y otros no fue solo el talento ni la oportunidad. Fue la disposición. "En lo que sea le entro." Esa frase no la dice alguien con miedo. La dice alguien que ha perdido suficiente como para no tenerle miedo a perder más.

Los yoremes construyeron su identidad alrededor de la resistencia comunitaria, la adaptación y la defensa de sus tradiciones frente al desplazamiento. Joel no eligió ese apellido. Pero lo cargó bien.

Una pregunta para iniciar la semana:
¿Cuál es tu panadería? ¿El lugar cotidiano donde quizás, si uno está disponible, aparece lo que sigue?

Raúl JH.